Poder estar cerca de ella. Es lo que más envidiaba de ti. Ésta extraña pero divina sensación, de, de poder respirar el espacio que ella respiraba, de poder ver lo que ella veía, de poder escuchar lo que ella escuchaba, de poder tocar lo que ella tocaba. Pero, lo que más envidia tenía de ti, era que tu, tú podías verla de otra forma no tan común; que tu podías escucharla como toda mujer desea que la escuchen y no pensar que sólo les ven su escote; que tu podías tocarla de una forma demasiado sutil, tan sutil que ella no sentía tu tacto, mientras que tú, observabas cada poro de su piel, cada lunar que habita en su cuerpo; que tu podías acompañarla a cada lado que ella deseaba ir; que tu podías platicar acerca de los problemas que ella tenía, y así, poder apoyarla social, económica y políticamente; que tu podías tocar ese pelo largo que a ella le gusta usar, y así poder hacerle «piojitos» y que se quedara dormida en tu pecho; que… que tu podías acomodar su cabello por encima de su oreja para poder besarla. ¡Que tu podías besarla! ¡Que tu podías sentir sus labios! ¡Esa puerta de entrada hacia todo su universo! Al momento de besarla, existía la posibilidad de estar en dos situaciones, una: como si abrieses una caja de Pandora; dos: como si estuvieses en un sueño que dura toda la vida. Envida, te tenía envidia. Lamentablemente, para ti era algo normal. Para mi, una musa.
