¿Qué hago yo? ¿Qué hago cuando estoy sentado en una silla de madera frente a la mujer que deseo? Podría mirarla a los ojos fijamente; tener una linda charla; hablar durante 1 hora acerca de los gatos; prender un cigarrillo y que me menciones que ya llevo más de la cuenta; cantarle una canción; dibujarla; hablar de sus miedos, de sus sueños; de lo que le molesta y de lo que le encantaría hacer un sábado por la mañana, aunque ya sabría que su respuesta sería: «dormir»; de darle otro dulce y que me preguntase «¿quieres que engorde?» y contestarle: no, quiero que engordemos; darle un masaje y que se quede dormida aunque yo hubiese querido uno; decirle que no está gorda y hacer ejercicio los dos; tocar los timbres de las puertas y correr aunque ella no lo haga; recordarle la primera vez que comimos sushi y pensar que ese día yo le decía que ya no pidiésemos más porque ya estaba lleno, aunque la realidad fuera que ya no me alcanzaba el dinero; ver sus fotos de hace 4 años; hablar del arte, de la danza, del teatro, de la vida; de nuestras experiencias, de nuestras cicatrices; elegir música antigua; hacer de comer; ir a caminar 15 kilómetros; encontrar nuestro «jazzeo» juntos; imitar gente; hacer caras; llevar a su sobrina al parque; tomar mi mochila, decirle que me voy, acompañarla a la papelería y comentarle que la acompaño de regreso a su casa, sólo para… eso, acompañarla; hablar del tiempo; contar sus lunares; acariciarla, abrazarla… besarla. En fin, aquí sigo, en la misma silla de madera, sentado frente a la mujer que deseo. Después de haber pensado todo lo que me gustaría hacer, creo que empiezo a sentir cierta incomodidad en mis isquiones…
