Solo, acompañado del frío; del sonido de las exhalaciones por cada 2 o 3 segundos; de los cigarrillos que cada días más me matan poco a poco; de los vinos que no se gastan, pues no hay nadie con quien gastarlos; de cuadros colgados en la habitación, esperando a que alguien más los observe; del cepillo de dientes que cuelga en el baño, queriendo que otro mismo ocupe el lugar vacío que se encuentra a su lado; de la puerta principal de la casa, esperando a que alguien llegue y la toque; de la bocina que reproduce y reproduce canciones esperando a que alguien más las escuche; de la cobija que se encuentra encima de la cama, esperando sentir el calor corporal de alguien más; del colchón, esperando sentir el movimiento suave y brusco de los sueños y pesadillas de alguien más; de las manos y pies que buscan acurrucarse en un pequeño espacio de algún cuerpo; de los ojos, que anhelan ver otra figura y gama de colores de su misma especie; de la nariz, que necesita percibir el olor de un perfume fresco; de los oídos, que aspiran por escuchar una suave voz; de los labios, que mueren por probar, sentir, morder… y besar.
Poder estar cerca de ella. Es lo que más envidiaba de ti. Ésta extraña pero divina sensación, de, de poder respirar el espacio que ella respiraba, de poder ver lo que ella veía, de poder escuchar lo que ella escuchaba, de poder tocar lo que ella tocaba. Pero, lo que más envidia tenía de ti, era que tu, tú podías verla de otra forma no tan común; que tu podías escucharla como toda mujer desea que la escuchen y no pensar que sólo les ven su escote; que tu podías tocarla de una forma demasiado sutil, tan sutil que ella no sentía tu tacto, mientras que tú, observabas cada poro de su piel, cada lunar que habita en su cuerpo; que tu podías acompañarla a cada lado que ella deseaba ir; que tu podías platicar acerca de los problemas que ella tenía, y así, poder apoyarla social, económica y políticamente; que tu podías tocar ese pelo largo que a ella le gusta usar, y así poder hacerle «piojitos» y que se quedara dormida en tu pecho; que… que tu podías acomodar su cabello por encima de su oreja para poder besarla. ¡Que tu podías besarla! ¡Que tu podías sentir sus labios! ¡Esa puerta de entrada hacia todo su universo! Al momento de besarla, existía la posibilidad de estar en dos situaciones, una: como si abrieses una caja de Pandora; dos: como si estuvieses en un sueño que dura toda la vida. Envida, te tenía envidia. Lamentablemente, para ti era algo normal. Para mi, una musa.
Lo de siempre: el mismo bar, la misma banqueta frente a la barra, el mismo saco puesto, el mismo sombrero del mismo lado, el cigarrillo de la misma marca, el mismo álbum de Dexter Gordon; sólo que, ésta vez con un whisky, hace demasiado tiempo que no lo bebía… Hacía mucho frío, era inevitable no pedir más de 2 o 3 tragos; me entraba la inquietud de saber si aquél señor de barba decrépita y abandonada, sentado en la misma esquina, la misma mesa y la misma silla, se movía siquiera para ir al baño, pero, después me hice la pregunta: ¿por qué demonios me concentraba en eso? Era un pensamiento muy banal. Eran las 07:47 de la noche, ¡ninguna persona entra a esa hora a un bar! Y sí, ninguna entra. Pero, esa mujer… esa mujer que pasó aquella puerta de vaivén, no era cualquier persona. ¡¿A quién buscaba?! ¿A su esposo? ¿Venía a pedirle a alguien que moviese su carro para poder salir de aquél típico problema de estacionamiento? ¿Venía por alguna servilleta para limpiarse sus zapatos? ¿Venía por un… trago?… ¡Venía por un trago! Vestida con ese escote en forma de corazón y de hombros descubiertos, con esa falda estrecha, y con esos zapatos de color rojo. Pareciese una modelo de pin-up. Se acercaba lentamente (bueno, por lo menos así yo lo vi) hacia la barra, ¡se acercaba hacia mi! ¡Venía por mi! ¡Venía a que yo le invitase un trago! (Bueno, en ningún momento me vio, pero, ¡se los juro! ¡pareció que si fuese así!). Se sentó a mi lado y pidió un whisky, ¡del mismo que yo pedí! A lo mejor, era lo mismo de siempre, es decir, a lo mejor iba a otros bares y pedía ese mismo tipo de whisky. Sacó un cigarrillo (no me lo van a creer) de la misma marca que yo estaba fumando, a lo mejor, era el mismo de siempre, es decir, a lo mejor iba a otros bares y fumaba un cigarrillo de esa misma marca. Pasó el tiempo y pidió el mismo número de tragos de los que yo llevaba; yo no la miraba fijamente, pero, miraba a través del espejo (los cuales suelen encontrarse por detrás de la barra de los bares) que me volteaba a ver, y ¡les puedo volver a jurar! No era cualquier mirada… Bueno, a lo mejor, era la misma de siempre, es decir, a lo mejor iba a otros bares y miraba de la misma forma a otros hombres… ¡Me animé! ¡En cualquier momento se iría! Volteé a verla muy lentamente y le pregunté: «¿Eres de por aquí?» y (no me lo van a creer) ella contestó de una forma muy pesada y cargante : «Aquí trabajo, ¿gustas otro trago?» Sí, era la mesera. Maldito whisky.
Acompáñame; ser humanx de ideales ilustres, de ojos colosales, de labios sugestivos, ¡de cuerpo inimitable! Toma un aliento y acompáñame, permite a éste pobre ingenuo invitarte un suspiro, fumémonos un cigarrillo y déjame mover la primer pieza de éste juego de ajedrez que es el romanticismo. Acompáñame con miradas, palabras, y tentaciones por besarnos. Acompáñame…
Daba mil vueltas, tenía que irme, pero ¡seguía dando vueltas! Me aseguraba de que no llegase nadie, y así fue; entonces estaba tan, tan nervioso que empecé a dudar de hacerlo… Me acerqué a ella y la besé, me besó, nos besamos. Hay algo que no puedo negar, omitir o relegar: cuando me acerqué a ella, un prestigio de aroma llegó a mi hipocampo, es como si mi zona cortical dijese: ¡Ey! ¡Dame más! Esa fragancia era una increíble combinación de una muy buena destilación de flores, plantas y hierbas…