Ey! morena: eres la persona más sexy, la más atractiva, eres un cóctel de chocolate y algunos pétalos de rosa; no trato de discriminar a la piel blanca ¿sabes? pero, ¡mujer! ¡la vida no tiene sabor sin café! Coral, verde, naranja, o algún tono pastel, y… no se diga del blanco, cuando te pones ese vestido blanco, eres la mejor combinación de un toque elegante, sofisticado, sensual y fresco. Eres la envidia total de toda empresa portadora del chocolate. Eres esa pequeña receta secreta, esa pequeña pero deleite receta secreta. Un placer del ánimo y de los sentidos.
«Cariño, apaga las luces»
Cariño, apaga las luces; sólo no escondas ese destello de la luna. Solo me acercaré a ti, te susurraré a tu oído lo tan magnífica que eres, acariciaré tu pelo, y cada parte de tu cuerpo como… como alguien toca un algodón cuando cura alguna herida; te miraré a los ojos y haré que pienses que eres muy bella, pues, ¡lo eres! Permíteme acercarme a tus labios y después… cariño, después yo prendo las luces.

«Una semana…»
Una semana me bastó para darme cuenta que estaba metido en el peor lío de mi vida, en la mejor sensación que hubiese tenido, en aquél hoyo negro sin boleto de regreso, en aquella fila de baño esperando durante 20 minutos para poder entrar a orinar, en esa pavorosa pero sublime relación...

«Un primer beso…»
«enamorarse» y «querer»; no hablemos de amar, eso es algo muy complicado…
Ansiedad, miedo, indecisiones, nervios, pérdida de la noción del tiempo, dudas e ideas muy locas…
Al término de la primera parte de la película de aquel vejestorio pero tradicional cine, fue el momento preciso: mientras yo veía fijamente la pantalla en negro (no sé porqué), la tomé de la mano: mis manos eran pequeñas fuentes de agua, sudaban sin parar; volteaba temporalmente hacia ella, y, ahí estaba: tímida, la mirada fija, nuestras manos entrelazadas, su cabello por encima de su oreja, y sus labios inquietos… ¡Ahí! Tenía que hacerlo.

