«¿Por qué transformarnos»?

Él, pregunta. Él, sube. Poco a poco, disfrutando de un lugar de privilegios y de poder, de manera insistente e incesante. Él, termina en el último piso de una empresa rodeado de oro chapado por las paredes, al lado de sus más fieles acompañantes, afines al envejecimiento y al añejamiento, su champán y su puro. Terminando sus días preguntándose qué es lo que hizo de su tiempo al final de su vida.

     ¿Nazco o aprendo a ser hombre?

   Se lo pregunta aquél que construyó una pared imposible de escalar, pero sí de romper. Y así, él, muere. Preguntándose lo que pudo ser si hubiese, preguntándose lo que pudo hacer si hubiese, preguntándose lo que pudo tener si hubiese…

   Recordando una nota de un periódico, de un libro o de un artículo… la verdad es que no lo recuerda, empieza a ser borroso, sus ojos empiezas a cerrarse. Decía algo así: ¿Cómo habría sido un mundo en donde Napoleón les gana a todos? ¿Qué hubiera ocurrido si la Alemania Nazi hubiese derrotado a la Unión Soviética? ¿Y si John Kennedy hubiese vivido? ¿Y si…? ¿Si la humanidad pudiese reencarnar, -piensa- yo, yo…

    Y ahí, junto con él, se va una gran vasija llena de egolatría, altanería y narcisismo.

    ¿Por qué o para qué transformarme?

    Para dejar de ser un hombre que se repite constantemente, para conocer un mundo que no he explorado aún.

    ¿Por qué o para qué transformarme?

    Para dejar de ser un hombre que se repite constantemente.

«Al borde de la perfección»

Busco la gloriosa perfección. Aquella que se encuentra en las formas, al mismo tiempo, busco algo o alguien que me enseñe o que viva lo contrario, la imperfección que destruye dogmas, certezas, estructuras, leyes, aquella que destruye el orden, la que puede ser perfecta por sus imperfecciones. 

    Corro dentro del mundo con un fondo gris que tapiza todas las paredes, hasta la sonrisa de un niño o una niña cuando ven algo que los sorprende; acompaño, tomado de la mano del Dictador del Orden, a un mundo rectangular, dominado por aristas que se encargan de dar «orden» al contenido. Pero, hay algo con lo que me encontré, que por más que se hunda dentro de ésta forma, no pierde su color, tú, Desierto. Aquél en donde la soledad y la tristeza, pueden ser tus peores enemigos; no para un ser que lo único que ve a su alrededor, son 4 paredes que limitan lo inimaginable de la vista, y un techo que no permite alargar mi cuello para distinguir lo que hay detrás del muro. 

    En ti, desierto de mi mente, desierto de mi cuerpo, puedo embriagarme de mezcal y ser un Desierto completamente desierto, por cierto, Desierto, te encontré. Y desierto me despediré.

«Nos mantenemos vivos el uno al otro»

Acostumbras llevar mi Voluntad de que puedas recordarme con algún souvenir. La tensión de proximidad de tu cuerpo ante mi alusión, es sensualmente directa. El juego se vuelve nuestra respuesta ante la situación, eso por una parte.


Por otra: la mirada no tenía nada resuelto, el baile sin cesar al ritmo de un Jazz cegaba toda mirada fija. La curiosidad, ganaba poder como nunca antes lo había hecho a través de la técnica preferida de los oteadores: el soslayo… 


Por un momento: y brotó el impulso de irrumpir el muro que terminaba de edificarse…algún detalle, algúna imprecisión, alguna respuestala Historia no tenía lugar en ese momento;miles de jinetes, orquestados, se encargaban de regresar La Lucha,los responsables de llevar a casa a uno de los vicios más grandes del ser humano,la portadora de hipocresía, acuerdos, congratulaciones, testamentos.

«La incapaz memoria de mis sentidos»

Conozco la forma de tus pies, tu piel cubre tu cuerpo al igual que cuando una gota de agua cae lentamente al sudar o al bañarte. Conozco la fuerza de tus piernas para emprender la carrera más larga, que se haya creado en la historia del atletismo. Conozco la forma de tus caderas, al igual que aquél hombre, que se imagina las caderas de una cantimplora de agua, a punto de morir de sed. Conozco tu sexo. Conozco tu ombligo para depositar mi cabeza en tu vientre, en la misma posición exactamente, todos los días; tu ombligo que lleva el cosmos en sí mismo, la galaxia, y sus células que giran alrededor de tu centro. Tus pechos que construyen las laderas perfectas para seguir el camino hacia el pico, en donde, me encontraré congelado ante el frío que obtienen, por ser las partes más sensibles de toda nuestra velada. Conozco tus hombros, que caen al igual que la balanza de Dicea. Tu venda, cubre tus brazos de los estímulos enviados por tu cerebro, al defenderte de otro ser humano incapaz de reconocerse a sí mismo. Tu espada, es tu espalda que resguarda el aleteo de tus costillas, para que tus pulmones se expandan. Tu misma eres justicia, la juez de tus decisiones. Conozco tus manos hasta llegar al punto de enamorarme de la rutina, pues conocen el mismo camino para que mi velada llegue a su fin. Conozco la geometría de tu cara y el olor de tu cuerpo. Conozco minuciosamente cada parte de tu cuerpo, pero, no te conozco aún. Reconozco tu movimiento, pero no tu pensamiento.

«Tu biblia y tu grimorio»

Un abrazo ha sido el mejor rescate para aliviarte, para aliviarme. Mi ignorancia, mi estupidez y mis «agallas», han sido el obstáculo que no me han permitido seguir pensándote día a día. Ante la naturaleza de tu tacto, de tu olor y de tu perfecto encaje de tus brazos rodeando mi cuerpo, puedo decir que, soy aquella cuerda de guitarra que está dispuesta a ser acariciada, aquella mirada que desea ser descifrada, aquella carta que desea ser leída, aquellos pies que desean ser rascados, aquella fosa del codo que desea ser untada, aquel lunar pélvico que desea ser besado, aquella mancha de acuarela que desea ser vista.
   El cielo llora cuando ve pasarte por la calle, está buscando su nube para dar por primera vez el destello que todo mundo ha despreciado, desea seguir el camino de la misma, pero, no puede, la nube se va… y aparece otra. Aparece otra que es feliz con su destello, y se va. Y aparece otra, pero, el cielo no quiere nubes pasajeras,  nubes amantes, no quiere ser un juego climático, el cielo exige su tormenta, exige su caos, exige alguien con quien destruir, con quien arrasar; para tiempo después, ser la causa de la prosperidad. 
   El éxtasis de placer no desea ser habitado ni explorado, no desea permanecer constante. El éxtasis de placer desea rugir las entrañas, respirar los pulmones, comerse el estómago, reproducir el sexo, razonar el encéfalo, escuchar los oídos, ver los ojos, tocar las manos, probar la lengua… tomar el corazón. Mi éxtasis, mis sentidos, mi razón y mi emoción desean ser tu biblia y tu grimorio.

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