Apenas el amaba el poema, a ella se le agolpaba el corazón y caían en murmullos, en salvajes vinos, en sustancias exasperantes. Cada vez que el procuraba reclamar las incompletas, se enredaba en un gremio quejumbroso y tenía que evolucionar de cara al nuevo, sintiendo como poco a poco las carillas se evolucionaban, se iban golpeando, irrumpiendo, hasta quedar tendido como el tripie egocéntrico al que se le han dejado caer unas filas de caras. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado, ella se torturaba los hilos, consintiendo en que él aproximara suavemente sus tributos. Apenas se entreplumaban, algo como un unicornio los separaba, los extraía y paralizaba, de pronto era el colchón, la estufa convulcionante de las madres, la jadeante embocadura del orgullo, los premios del orgasmo en una sobrehumana agropecuaria. ¡Volveré!¡Volveré! Golpeados en la cresta del muro, se sentían balas, tornillos y martillos. Temblaban el piso, se vencían las mariposas y todo se resolvía en un profundo principio, en almas de tendidas gasas en caricias casi crueles que los ordenaban hasta el límite de las risas.
